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sábado, 4 de agosto de 2012

Ramiro.


A Ramiro no le dejaron salir del coche cuando en el accidente gritaba el nombre de alguien, o eso dijeron los miembros del equipo de auxilio, porque realmente el sonido que salía de su boca era totalmente inaudible.
Dijeron que tenía las manos ensangrentadas, los pies enjutos con fracturas múltiples y la piel, repleta de cortes por los cristales de las ventanillas, o eso dijeron en el atestado.  El cabello rubio de Ramiro parecía una pasta sólida de sangre reseca mezclada con olor a miedo que desprendía su camisa abierta en tres botones, que descubría una ínsula de arañazos minúsculos como trazos de odio en su piel de papel.
Ramiro conducía un BMW blanco, convertido en una acordeón simétrico y no había más acompañante que una maleta a cuadros con dos ruedas y un Made in China tan grande como una cebolla de temporada.
En el entierro de Ramiro, su desconsolada esposa, su suegra y su cuñado, ese que no dudó un segundo en limpiar a escondidas la caja de El Alquimista, lloraron como lloran los malos actores: sin lágrimas. Fui a despedirme por todas las que le debía, por todos los favores, por todos los silencios, como el que se queda conmigo y me perturba a golpe de martillo: Ramiro odiaba conducir y jamás tuvo un BMW blanco.

martes, 13 de marzo de 2012

Besos de chocolate negro.

No hay post. Solo imágenes. Hoy he visitado un blog especial de una persona especial y no hay palabras, no hay poemas, solo un "No Post". La de veces que releí, la de veces que pasee por las calles de ese blog de silencio y vino tinto. Aunque ya no visitaba mi blog - aun no entiendo la reciprocidad bloguera- seguía llenándome la boca de sus poemas, imaginando a esos amantes de boca espesa que decía desear en sus relatos y releía la cita de Bolaño que presidía la estancia con el afecto inmaculado de un niño tonto.
Ahora de su hogar solo quedan cuatro fotos en paredes encaladas. Uno imagina siempre el olvido como una máquina perfecta que engulle los recuerdos y devuelve un vacío empaquetado y reciclado.
La última vez que nos cruzamos tres palabras creí que sería un hasta luego lo que parece haberse convertido en un adiós y hasta siempre. No hay nada que leer, las huellas de sus palabras han sido borradas: eutanasia literaria. Paseo por Google intentando leer lo perdido y lo más que encuentro son los cuatro o cinco poemas en Abracadabra.
He vuelto a tu casa T. y la encuentro vacía y amarga como los besos de chocolate negro. Quizá nos debamos un adiós sin palabras, de esas que ya no puedo leer en tu blog.

jueves, 12 de enero de 2012

Están en todas partes.

Ya están aquí me dijo. Están en todas partes. Nos miran, nos observan, saben de tus pecados y virtudes, de tus falsas poses, alardean con tus fracasos y sonríen cuando mientes a tu madre. La miré como quién encuentra un pingüino en el mediterráneo; acojonado más que curioso, pero seguía con su perorata. Conocen el color de nuestros pecados… proseguía y yo la observaba reflejada en el cristal frente a la barra. Su cara quedaba justo entre una botella de Jack Daniel’s y un vaso de pajitas rosa chicle…..Me imagino sus caras, observándonos, caricaturizándonos….No creo en los extraterrestres dije yo como quitando hierro a su desvarío. No hablo de extraterrestres ¿me tomas por gilipollas? Hablo de virus, de virus informáticos, el mal del siglo XXI.

Quise disimular, hacer como el que no entiende de males ajenos, la táctica del buenos días sonriente cuando el despertar es un mal presagio. Hablaba y hablaba y yo sumergía mi cabeza de avestruz en una cerveza fría haciéndome el indiferente.

Ahora sé que la lucecita verde que prende en mi ordenador de vez en cuando, no es un fallo de una maquinita loca, caprichosa y díscola y que los extraterrestres o están aquí desde hace tiempo o poco les falta. Mi vecino con un par de antenas daría el perfil exacto.  En cuanto a ella, cambió tan radical de tema, que me fue imposible seguir la conversación. No me despedí siquiera, conversaba sobre literatura y política social: ya si creía en extraterrestres.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Bicho.

Hay siempre dos formas de entender a Bicho. Se le ignora o se le toma por loco. Mantiene una plaza en mi ciudad limpia de papeles, chicles, piedritas o cualquier cosa que el entienda que afea su aspecto, sin importarle lo más mínimo parar el tráfico en ambos sentidos, con la paciencia de un domador de pulgas. Y créanme que no suena un claxon, ni una cabeza loca se asoma por la ventanilla para que bicho acelere el ritmo y por tanto, la vida de los allí parados.


Sus buenos días, siempre que paso por muy temprano que sea está plantado como si defendiera lo suyo de un posible ataque, están acompañados de alguna maldición malsonante y un aspecto de ojos rojizos que la mañana va atenuando.

Llevo un par de días sin ver a Bicho. Alguien me ha dicho que a veces pasa de tomarse la medicación y le da por salir al balcón y cantar de madrugada canciones de gritos y odios. Hoy su plaza sin él, es un atasco constante. ‘Deberían llamar a los municipales’ comenta una rubia de bote. Mejor que vuelva Bicho pensé yo, al mismo tiempo que un imbécil hacía sonar su claxon sin disimulo y vergüenza, como un cura triste en un burdel.